Mostrando entradas con la etiqueta MUERTE ÁNGEL. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MUERTE ÁNGEL. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de enero de 2014

HOY HE MUERTO Y HE CONOCIDO A MI ÁNGEL ..(2)





Dicen que, al morir, tu vida pasa veloz ante tus ojos… No es cierto, al menos en mi caso. Acabo de comenzar mi viaje y ya he descubierto algo en lo que estaba equivocado.

Había oído decir, por parte de aquellos que habían tenido experiencias cercanas a la muerte que, al fallecer, tus vivencias pasaban ante ti como si estuvieras en un cine que va rápido, muy rápido.

Cuando he muerto, nada de eso me ha sucedido. Ha sido al manifestar mi voluntad de hacer el viaje por mi vida junto a Svadharma (al que, por cierto, sigo sin ver aunque puedo sentirlo y comunicarme con él)- , ha sido justo en ese instante, cuando he tenido una experiencia que me va a costar describir con palabras: he vivido mi vida, entera, en un eterno presente.

No es que haya pasado rápido, tampoco ha sido lento. No ha habido antes ni después. Ha sido algo que no sé cómo explicar.

Dice Svadharma que el tiempo no es más que la unidad de medida de lo que se deteriora. Afirma que sólo lo material es susceptible de cambio y, por tanto, de destrucción y, puesto que ahora carezco de materia, me ha dado a entender que estoy más allá del tiempo. Y, a la vista de lo que he vivido, es posible que tenga razón.

Pero lo que no estoy es más allá del lenguaje para comunicarme contigo, así que deberé ajustarme a sus límites y expresarme de un modo que, aunque inexacto, te pueda hacer intuir de qué estoy hablando.

Vamos allá: más que el símil de la película de cine en la que eres el protagonista, es algo parecido a estar viviendo, al mismo tiempo, todos los instantes que han compuesto tu vida (en este caso, la mía) siendo plenamente consciente de todos y cada uno de ellos. Es una auténtica explosión de vida, de sentimientos, de conciencia… He visto, sentido y revivido mi existencia como una unidad, no como una suma de momentos.

Svadharma ha estado junto a mí, como dice que ha estado siempre, y me ha llamado la atención sobre detalles, decisiones, vivencias, consecuencias… Ha respondido a mis preguntas y me ha formulado otras que me han hecho abrir los ojos.

Necesito transmitirte –aunque sea de un modo deficiente- lo que he experimentado y descubierto. Cuando estaba vivo, de haberlo sabido, habría dado mi alma por intuir la cuarta parte de lo que pretendo contarte.

Ojalá te haga la mitad del bien que me ha hecho a mí y aprendas, en vida, las lecciones que yo he aprendido con la muerte.

Te invito a compartir mi viaje, para que dispongas de un mapa a la hora de iniciar el tuyo. Así, te será más fácil disfrutar del trayecto y llegar, si así lo deseas, a buen puerto.

http://meditacionesdeldia.wordpress.com

lunes, 1 de abril de 2013

HOY HE MUERTO Y HE CONOCIDO A MI ÁNGEL (3 Y FIN )


Aunque este viaje prometía ser atípico, ha resultado serlo más de lo previsto. Si te dijeran que vas a hacer un viaje por tu vida, ¿dónde situarías el punto de partida? Tal vez mi simplicidad raye en la estupidez, pero contaba empezar en el momento en que mi madre me dio a luz… Pues no.

Zarpamos en el mismo instante del “Fiat Lux”, de la creación del Mundo, de la manifestación del Innombrable a través del Verbo. Estamos hablando de unos quince mil millones de años atrás… Cuando de la Nada Indiferenciada surge cuanto conocemos, surjo también yo… Y tú. Una parte de nosotros, algo así como nuestra imagen o proyecto, se hace patente en la mente ordenadora del Cosmos, en una mente –no se me ocurre un modo más adecuado para referirme a ella- en la que, por no estar sujeta al tiempo, somos reales desde ese mismo instante, desde siempre.

El porqué de la Creación siempre me había parecido un misterio, ahora lo entiendo. El que es, la Energía Primordial, el Arquitecto del Universo, el Tao, Dios –llámale como quieras- era algo parecido a un fantástico tesoro oculto que deseó –por bondad y amor- ser conocido. Por eso se manifestó dando lugar al otro, a los otros, calcando “ad extra” la misma relación trinitaria que se daba “ad intra”, abriendo el camino para que el otro volviera al Uno, para que lo disperso se reencontrara en el Todo, para que la gota de agua volviera al océano, para que el alma del hombre se uniera al espíritu de Dios y, de este modo, alcanzara la más perfecta y alegre felicidad.

En medio de una negrura que debe ser la Nada aparece, oh demiúrgica obra divina, un pequeño punto de una luz tan blanca e intensa que resulta doloroso mirarla fijamente. Como si de una cosmológica, ardiente y densa semilla se tratara (o, tal vez, de un huevo cósmico en cuyo interior surge -oculta- la vida), de pronto estalla y empieza a difundirse, como las ondas sobre el agua, hasta el infinito. Miles y miles de chispas de luz, de distintos colores, que se difunden en todas direcciones como en una gran fuente de fuegos artificiales. Lo caliente se vuelve frío, lo denso se diluye… Es precioso contemplar la formación de planetas, de estrellas de satélites; el orden, equilibrio y hermosura de su baile y crecimiento. Tiene la armonía de un buen vals. Parece que nada es casual, que todo tiene un por qué, y que, cuanto existe, sigue un ritmo cíclico que lo relaciona con el resto como en un baile de parejas en el que dos se mueven en la misma dirección pero con movimientos invertidos, manteniendo inalterable el centro, el espacio que se encuentra entre ellos. ¿Será ese el secreto del equilibrio entre contrarios que se encuentra en el fundamento de gran parte de las doctrinas y filosofías orientales que han conquistado a muchos occidentales en los últimos 50 años? El universo parece que se mueve buscando siempre el equilibrio entre dos extremos y, para ello, parte de la creación se mueve en un sentido y parte en el contrario, hay energías positivas y negativas, electrones y protones, día y noche… Este convencimiento me hace temer que, como si del ritmo respiratorio se tratara, este cosmos que se inició expandiéndose (expiración), en un Big Bang, tal vez vuelva a contraerse (inspiración) reuniendo lo disperso, volviendo a la unidad originaria en un Big Crunch.

-¿Te das cuenta de lo que todo esto significa?, pregunta Svadharma tras haberme dejado contemplar, por mí mismo, el origen de todos los mitos sobre la creación contenidos en los libros sagrados de las distintas tradiciones y que, si hay ocasión, ya expondré con detalle más delante.

Ante mi atónito silencio, continúa: no eres una casualidad, ni el fruto de la improvisación divina. Formas parte de la creación original. Igual que la noche y el día, el cielo, la tierra, el mar y las estrellas… El hombre, y tú específicamente, fuiste pensado desde el principio, el cosmos es como es para que tú puedas existir (es lo que los científicos llaman el Principio Antrópico), estás interrelacionado con el resto, tienes tu papel en el mundo, una vocación, algo a lo que estás llamado, una responsabilidad que te une a cuanto te rodea. ¿Has oído alguna vez a esos gurús que afirman ser uno con el cosmos? Su intuición es verdadera. El cosmos es el orden que rige todo lo creado y cada hombre es parte de ese orden… Si quiere. He ahí vuestra grandeza, he ahí la esencia de la dignidad del ser humano. A diferencia del resto de la creación –y a semejanza de Dios y de los ángeles-, los hombres disponéis de libre albedrío, no estáis sujetos a leyes inmutables que rijan vuestro actuar. Podéis escoger el seguir, o no, los ritmos de la Naturaleza, que son los vuestros propios por la aplicación de una desconocida ley de la creación, la ley de la correspondencia. Los ritmos, las leyes, los ciclos, son los mismos en los distintos grados de ser, en los distintos niveles de realidad. ¿Por qué? Porque todo lo que existe participa del ser de su origen, toda la obra plasma el ser del artista, toda la creación comparte los Principios Universales que se encuentran en el Intelecto Divino. Por eso los antiguos afirmaban que lo que está abajo es como lo que está arriba. Este es el secreto del simbolismo: todo lo existente es un camino para vislumbrar lo eterno, es posible conocer lo inmortal a través de lo mortal, las cosas exteriores nos revelan las interiores… La creación es un libro abierto que, por medio de la analogía, nos habla de su creador. Pero la analogía no es identidad, es semejanza, y no hay que olvidarlo jamás. Te pongo un ejemplo muy tonto pero muy claro para que entiendas a qué me refiero: del mismo modo que un gran cuerpo celeste atrae a los más pequeños que se acercan a él en virtud de la ley de la gravitación universal (a la que comúnmente se conoce como la ley de la gravedad), cuando un ser humano tiene muy desarrollado su ser, tiende a producir la atracción de aquellos que no están tan desarrollados (por medio de la admiración) pudiendo llegar, si la diferencia entre sus estados es muy grande, a absorber la voluntad del admirador y someterla a la suya propia.

La única diferencia (y no es pequeña) entre este caso y la ley de la gravedad –continúa con dulzura y seriedad mi instructor- es que, para que esta ley se aplique no debe oponerse la voluntad de cualquiera de los implicados. Aquí no se trata de leyes inmutables sino de meras tendencias o influencias. Os guste o no, de vuestro conocer y querer depende el convertiros en dioses o bestias, el descubrir vuestro nexo con el Todo y ocupar vuestro lugar en el Cosmos o el aislaros y consideraros a vosotros mismos como lo único, vuestra única realidad, vuestro único interés, vuestro único Dios… Cuando optáis por el egoísmo, perdéis entidad, disminuís en el ser y vuestra vida se vuelve un caos, porque carecéis de los cimientos, de los arcanos, de las llaves que abren la puerta del sentido de la existencia y dotan de coherencia, ritmo y equilibrio a cuanto nos rodea.

Hasta este momento he guardado el más estricto silencio. He bebido con interés y estupor cada una de las palabras de Svadharma y, ahora, estoy intentando digerirlas. Jamás me había planteado que mi existencia hubiera comenzado antes de mi nacimiento, ni que hubiera algo que me uniera al resto de la creación (lo que debe incluir también a mis semejantes), ni que tuviera la libertad de volverme un ángel o un demonio y, estos descubrimientos, me abren un nuevo horizonte de cuestiones que sé que necesitaré ir resolviendo para quedarme tranquilo, para encontrar la tan ansiada Paz Interior. La más acuciante de mis dudas tiene que ver con algo que contradice una de las afirmaciones que ha hecho mi ángel: que somos libres para escoger en qué nos convertimos. Sorprendido por haber hallado en su explicación algo que no concuerda con mi experiencia, no dudo en hacérselo saber.

Tampoco él duda en responderme: Me planteas, Joachim, una cuestión que ha estado en la mente de la mayoría de vuestros filósofos y que, no siendo difícil de responder, el humano afán racionalista y escolástico ha convertido en origen de cientos de miles de páginas dedicadas al tema de si el hombre es libre o está predeterminado. Páginas que, en lugar de aclarar vuestras nociones, en lugar de ayudaros a vivir mejor, se han convertido en entelequias que sólo entretienen a los profesionales de la intelectualidad (no me atrevo a llamarlos filósofos porque no aman el Conocimiento sino que viven, lucrativamente, de la racionalidad y la discusión) y que han sembrado la duda y el desinterés en quienes se han preguntado alguna vez por el tema.

Voy a intentar aclararte tus dudas: el hombre, como te decía antes, no está regido –en su actuar- por unas normas inmutables que le determinen. Su Voluntad, que debería seguir a su Conocimiento, siempre tiene la última palabra. Pero la existencia del libre albedrío no significa que no haya influencias, que no haya elementos que te empujen a actuar de uno u otro modo. Existen las influencias, tanto las externas (educación, temperamento, situación económico-social…) como las internas (carácter, miedos, vicios adquiridos…), pero son eso, influencias, no circunstancias decisivas del modo de actuar.

Aunque puedo aceptar la base de su planteamiento, hay una afirmación que me sorprende y así se lo hago saber:

- Has citado el temperamento como una circunstancia externa… ¿No es interna? ¿No forma parte de nuestro modo de ser, de nuestro carácter?, pregunto.

- Esta es una de esas preguntas de cuya respuesta depende tu concepción del hombre y su mundo y mi función es acompañarte en este viaje de descubrimiento de ti mismo y de cuanto te rodea, así que voy a explicarte a qué me refiero cuando hablo de carácter y de temperamento y por qué considero una influencia interna al uno y externa al otro.

Tras un breve silencio, como para ordenar sus ideas (o para que yo ordene las mías) arranca su explicación: la personalidad del hombre está compuesta, esencialmente, por dos factores; el temperamento y el carácter.

El temperamento es una predisposición constitucional, de nacimiento, por la que uno tiende a responder de un modo específico frente a los estímulos. Lo considero una influencia externa porque viene determinado por la genética y por la situación de los astros en el momento del nacimiento. Cuando el ser humano comienza a ser autónomo saliendo del vientre de su madre, se hace un nudo entre su ser y la relación que guarda con el resto del universo. Así, la configuración astral del momento queda grabada en su personalidad a través de una serie de influencias que constituirán sus tendencias naturales, su temperamento. La Astrología Tradicional estudia exactamente eso, el temperamento propio de una persona en función de la situación de los planetas y astros en el momento de su nacimiento. Una interesante línea de investigación que nada tiene que ver con los horóscopos de las revistas del corazón.

-Entonces, -aprovecho su mención a la prensa rosa para banalizar un poco la conversación- ¿la astrología no sirve para saber el futuro, lo que te pasará esa semana, o esa quincena, como aparece en la mayoría de publicaciones o como afirman algunos magos y brujas que se anuncian por televisión?

-¿Magos? ¿Brujas?- Su angélico tono ha tomado una cierta aspereza entremezclada con tristeza-. Los seres humanos habéis tomado la mala costumbre de perderle el respeto al lenguaje y prostituir las palabras. Los nombres, que son sagrados porque deben definir –en sí mismos- la esencia de aquello a lo que hacen referencia, se emplean para designar una cosa y su contraria. Habéis olvidado la etimología sagrada, el estudio de las palabras originarias. Mago procede de Magus o Magusaeus, término que originariamente designaba a sacerdotes y sabios. Éstos eran los poseedores de un saber oculto, un conocimiento que, por ser tradicional, podía haber sido entregado directamente por Dios al hombre mediante una revelación particular, o bien podía ser fruto de una observación concentrada e intuitiva de la Luz de la Naturaleza. En ambos casos se trata de una gracia, un regalo, un don que hace referencia al conocimiento de leyes naturales y secretas (o discretas) que rigen al hombre y al resto de la naturaleza. Como en todo regalo, hay que agradecerlo, hay que hacerlo propio, hay que disfrutarlo y –para ello- hay que compartirlo. Por este motivo, los magos auténticos, han interiorizado esas leyes, las viven y son capaces de utilizarlas para lograr beneficiosos resultados (para él y para los demás, aunque especialmente para estos últimos) que, para el profano, pueden tener la apariencia de extraordinarios.

Cosa distinta son los brujos o hechiceros: éstos, en el mejor de los casos, pueden ser poseedores del conocimiento de ciertas leyes naturales poco evidentes pero –a diferencia de los magos- no las han hecho suyas, las emplean instrumentalmente con la intención de obtener un beneficio. Sus resultados extraordinarios no mejoran al hombre ni al mundo que lo rodea. Sólo velan por sus propios intereses. Pero existe un brujo aun peor, mucho más oscuro. Es aquél que, alineándose con el opositor, con el separador, con las fuerzas de las tinieblas, con la disgregación, con el diablo, emplean esas leyes naturales y, en algunos casos las superan, para realizar su obra de destrucción de la divinidad existente en el Hombre y la Naturaleza.

Así que te ruego que no hables de brujos y magos con tanta ligereza. Existen y están en medio del mundo: unos como puente con lo divino, y otros como puerta de entrada a los infiernos.

Así que, en el mejor de los casos, los horóscopos semanales no son más que una patraña para alimentar la insana curiosidad de mentes crédulas y, encima, ganar dinero a su costa. Si nos ponemos en lo peor, los horóscopos pueden convertirse en instrumentos de condicionamiento y control, en cadenas que limiten la libertad personal.

En el caso de la Astrología Tradicional y seria, por su parte, estamos hablando de un conjunto de leyes naturales discretas que tratan sobre influencias, pero que no determinan al hombre, por lo que el temperamento puede atemperarse (permíteme el juego de palabras) a través de la voluntad, a través de la formación del carácter. Éste no se recibe, éste se lo va haciendo cada uno día a día. Lo que vives, y cómo lo vives, te va haciendo el que eres. Y el que eres, te encamina al que serás. El carácter, por tanto, es una mezcla de experiencias, inteligencia y voluntad que, junto con el temperamento, constituye la personalidad.

Durante la lección magistral de mi ángel, he ido viendo-viviendo-experimentando-comprendiendo mil cosas que, si tengo ocasión, ya narraré en otro momento… Los mitos de las grandes tradiciones hechos historia, la historia que dio lugar a los mitos de las grandes tradiciones… Pero no es el momento, necesito seguir un orden coherente para que tú puedas seguir mi viaje sin marearte, cogido del hilo de Ariadna que te lleve al centro del laberinto, al centro de ti mismo.

Como te decía, Svadharma se había propuesto aclararme que el ser humano es libre, aunque pueda estar sujeto a influencias internas y externas. A mí me había convencido y me preocupaba que su insistencia en este asunto se basara en la necesidad de asentar los cimientos básicos, la libertad, para la emisión de un juicio de valoración de mi vida. El juicio, probablemente, llegaría… Pero no de momento. Mi maestro se había propuesto arrojar luz sobre otra cuestión que, en vida, había sido fuente de muchas discusiones: cuándo comienza uno a existir en el plano físico.

Ya había tenido la experiencia de que, en la mente del creador, existimos desde el mismo instante en que comenzó su manifestación, desde el momento en que se hizo la luz. Pero, una cosa es eso y otra es cuándo comenzamos a ser hombres de carne y hueso. Aquí Svadharma no me dio una larga explicación sino que me hizo vivir una fecundación –mi fecundación- como espectador privilegiado. Gracias a Dios, me evitó el espectáculo externo (dudo que hubiera superado el trauma de encontrarme con mis padres entregados, en cuerpo y alma, locos de frenesí, al proceso de mi fabricación) y se centró en el nivel celular.

Vi, viví, experimenté y comprendí todo el proceso: fui el triunfante espermatozoide de mi padre que, sabiendo que era el único modo de sobrevivir y el máximo objetivo de su vida, andaba loco por fecundar al ansioso óvulo de mi madre, que también viví en primera persona y que también sabía que su vida dependía de ser fecundado.

Viví la fecundación, el abrazo unitario de ambos, la conversión de la dualidad en unidad por medio de la relación… Un auténtico milagro. Ya no eran dos cuerpos ansiosos por encontrarse, era un ser nuevo, único, con un código genético que nadie más podría tener porque era el fruto del baile de los 23 cromosomas de mi padre con los 23 cromosomas de mi madre. Un código genético completo, perfectamente programado que ya me encaminaba a lo que sería en mi edad adulta. La forma comenzaba a configurar la materia, el nuevo ser humano ya hacía oír su voz. Comencé siendo una sola célula, un cigoto repletito de información. Pronto la célula se dividió en dos, en cuatro, en ocho, en dieciséis… Era como un nuevo Big Bang a nivel celular. La unidad dio lugar a la diversidad porque, a medida que las células se dividían, se iba produciendo una diferenciación y especialización celular, un olvido de la información originaria… Pero todas las células se encontraban interrelacionadas, coordinadas, seguían un orden, una secuencia. La correspondencia entre el proceso de creación del universo y el de formación del ser humano me lleva a pensar que todo nacimiento debería tener el mismo origen que la creación: un amor que se desborda. Este convencimiento tiene unas consecuencias que, aunque ahora no es momento de explicar, no tendremos más remedio que tratar más adelante.

Pero volvamos por un momento al código genético. Recuerdo lo que he comentado antes, al hablar de la libertad del hombre, del temperamento y el carácter: le genética influye pero no determina el actuar, aunque sí define muchos aspectos físicos. Así, desde el mismo instante de la fecundación quedó determinado el color castaño de mis ojos y cabellos, esa característica mancha en la piel de la familia de mi madre, la cadera ancha de la familia de mi padre… Nada se añadirá ya a mi código genético hasta el momento de mi muerte, mi DNI biológico ya está impreso. Soy el que seré. Mil pequeños detalles de mi vida en los que, en ocasiones, ni había caído pero que –ahora lo veo- eran la consecuencia de que quienes se unieron para darme la vida fueron mis padres y no otras dos personas. Gracias por algunas de esas cosas, papás, y sabed que os disculpo por las otras.

El haber revivido mi crecimiento en las entrañas de mi madre me lleva a hacer algo que nunca pensé: declararme pro-vida. Yo, que siempre me había declarado a favor del aborto libre, ahora no puedo hacer otra cosa. Ahora sé que, desde el mismo instante de la fecundación ya era yo, en estado incipiente. No era sólo una parte de mi madre, no era un apéndice de su cuerpo… Era un ser humano independiente, con un futuro por delante, con un lugar en el mundo, con una misión que cumplir, con la libertad para hacerlo o no… Sólo me faltaba tiempo de desarrollo, nutrición y cuidados. El espermatozoide y el óvulo que se encontraron ya habían llegado a la fase máxima de su desarrollo pero, al unirse, dieron lugar a algo completamente nuevo, a un nuevo comienzo. A mí, a un mini-yo que debería ser especialmente protegido por encontrarse especialmente desamparado.

Siento sonreír a Svadharma ante mi nuevo convencimiento. Es éste, sin duda, un maestro muy peculiar. Su método es original pero efectivo. No hay palabra que pudiera haber empleado capaz de sustituir la experiencia directa que estoy teniendo. El conocimiento, para ser auténticamente transformador, requiere ser interiorizado, vivido por uno mismo. Y eso es exactamente lo que estoy haciendo gracias a mi ángel, gracias al mejor de mis amigos.

Tras la fecundación, un largo trayecto de una semana para implantarme en el útero de mi madre. Es mi primer viaje y, por lo que veo, todavía no he tenido tiempo de aprender que –como bien expresa Lluis Llach en su canción sobre Ítaca- lo importante no es el destino sino disfrutar de las experiencias del camino. Sin duda, el tiempo me lo enseñará.

Una vez llegado a sitio voy formándome con mayor rapidez: a los 18 días empiezo a sentir el bombeo de mi corazón, a los 40 días compruebo que mi cerebro empieza a funcionar (¿cómo podía tener conciencia de mí mismo sin que me funcionara? ¿será cierto que el hombre está compuesto de cuerpo, alma-mente y espíritu y que éste último es anterior al segundo? No sé que responder, pero yo sé que era consciente de mí mismo. Así que ya se encargarán los expertos de buscar una explicación a éste y otros extraños fenómenos), a las 6 semanas ya empiezo a mover todo mi cuerpo. Al acariciarme los labios, se me disparan los brazos hacia atrás y mi tronco se dobla hacia un lado (¿será algo que nos pasa a todos o ya desde pequeño soy “rarito”?), a las 10 semanas ya muevo la lengua, soy capaz de tragar (no preguntes qué, la respuesta no es agradable) y mi mano empieza a servirme para algo más que para mirármela. A las 11 semanas me chupo el dedo, que ya tiene uñas y, si quisiera, podría comérmelas porque ya funciona mi estómago, así como el resto de órganos vitales. Además, ya tengo las huellas digitales que me acompañarán durante el resto de mi vida. ¡Estoy hecho un hombrecito!

Mis elucubraciones se ven truncadas por una voz que ya empiezo a conocer muy bien:

- Sí, estás hecho un hombrecito, un mini-tú. Pero, ¿no intentarás decirme seriamente que te crees sólo materia desarrollada? ¿Sabes qué es lo que te hace ser más que eso? ¿Puedes explicarme qué es lo que te hace ser hombre, por qué eres persona?- Svadharma, como siempre, va muy por delante de mí. Su capacidad de profundización en cualquier asunto resulta alarmante aunque, debo reconocerlo, acaba siendo siempre apasionante porque te abre los ojos a un nuevo mundo al que no podías acceder porque desconocías su existencia, porque carecías de los arcanos que abren sus puertas.

Mi respuesta (que oculta una ansiosa pregunta indirecta) no se hace esperar:

- Sé que soy más que materia porque he sentido que era antes de nacer y porque mi cuerpo cambia, mis células mueren y surgen otras nuevas que las sustituyen pero yo sigo allí, siempre allí, siempre el mismo. Tengo la certeza de ser algo más, pero no puedo explicártelo, me faltan las palabras, me cuesta comunicarlo… Recuerdo –de cuando estudié la carrera- que el Código Civil afirmaba que no se es persona (jurídicamente hablando, claro está) hasta veinticuatro horas después del nacimiento, hasta haber demostrado la viabilidad del bebé. Pero no me parece un criterio válido. Cuando lo estudié ya me pareció una barbaridad, ahora lo entiendo como una salvajada indefinible. Pero, como parece que las leyes ya no pretenden adecuar la conducta del ciudadano al ritmo propio de la naturaleza sino que procuran crear una nueva conducta ciudadana, una nueva naturaleza social, que se ciña a los planteamientos, proyectos e intereses de la élite dirigente, no parece raro encontrar tales fantochadas en el ordenamiento legal de un país. Y, aunque ese planteamiento me parezca una estupidez propia de leguleyos, no por ello encuentro una manera válida y clara de definir a la persona.

- A la Persona, Joachim, no hay que definirla… Hay que descubrirla y vivirla –hayque reconocer que tengo un ángel cursi, muy cursi-. Tú eres Persona y, por ese motivo, puedes entender perfectamente en qué consiste. Como bien intuías, en ti hay algo permanente que es lo que te define. Por tanto, y a sensu contrario(¿lenguaje propio de la lógica jurídica, o “latinajos”, en un ángel? Definitivamente, este tío no es normal), no puedes identificarte (formar tu identidad) con elementos variables de tu ser, con la parte de ti que cambia. Así, podemos afirmar que no eres tu cuerpo (porque varía a lo largo de tu vida), no eres tus sentimientos (porque se suplantan unos a otros cada poco rato), no eres tus ideas o creencias (porque a lo largo de tu vida has sido muchas cosas y sus contrarias)… Pero has seguido siendo y sigues ahí, escuchándome, haciendo un viaje iniciático conmigo. Por muy descreído que seas, sabes que estás ahí, que hay algo permanente que te hace ser tú. Más allá de tu cuerpo y de tu mente, de tu agregado psicosomático, existe algo más íntimo que te define: aquello que sustenta el sentimiento o sensación de presencia, de saberse unión del yo con la circunstancia, inseparable del mundo y de cuanto nos rodea (interdependiente con el resto de lo existente).

El tema empieza a complicarse, de la última explicación no he entendido ni la mitad de lo que me ha contado. Parece que Svadharma detecta mi incomprensión porque continúa de un modo más tranquilizador:

-Me gusta diseccionar las ideas porque siempre es más fácil tragarlas a trocitos pequeños, así que voy a tratar de explicarte lo que es el hombre en varias cucharadas.

Primer bocado, el hombre es un individuo. Resulta algo evidente. Es la percepción del hombre como algo distinto a lo demás y a los demás, como algo independiente. Se trata de un primer grado de identificación por oposición que podemos equiparar con lo mudable del ser humano, con el agregado psicosomático, con la unión de cuerpo (soma) y mente (psiqué), con los mil aspectos que te diferencian de los demás. Dicen los filósofos, especialmente los aristotélico-tomistas, que la forma produce la individuación en la unidad hilemórfica que entienden que es el hombre. ¿Y qué significa esto de la formación hilemórfica, supongo que te preguntarás? Simplificándolo hasta el esquema, significa que todos los cuerpos mudables (sujetos a cambio) están constituidos por un elemento común –la llamada “materia prima”- y que lo que los distingue (individúa) es la forma, el modo de organización de la materia prima que la hace ser lo que es y no otra cosa. Eso es, a un nivel metafísico, el alma… La forma del cuerpo, el elemento diferenciador, la fuente de la individualidad.

Muchos pensadores han llegado hasta aquí en su teoría antropológica: el hombre está compuesto de cuerpo y alma, o de un alma encarnada, o de un cuerpo espiritualizado. Sólo barajan dos elementos constitutivos… Olvidan que la realidad es trinitaria, no barajan la carta más importante, la que nos abre a cuanto nos rodea, la que nos hace superar nuestra identidad individual para identificarnos y relacionarnos con el resto de lo existente… Dejan de lado la auténtica noción de Persona.

Segundo bocado: el hombre es pues, también, Espíritu, Persona… Con mayúscula. Grandes filósofos han dedicado años de estudio a la persona (con minúscula) y la han definido de mil maneras fantásticas, racionales, razonables pero incompletas. ¿Por qué? Porque siguen aferrados al hombre como individuo para definirlo como persona y eso no es más que una profundización en la noción de individuo, no de hombre. Porque la Persona (con mayúscula otra vez) es ese elemento constitutivo del hombre que lo relaciona con cuanto le rodea, es la superación de la individuación propia de la forma, es aquello que le hace universal, trascendente, divino. Es su ser más íntimo, la conciencia de presencia, el saberse vida, ser, parte de un cosmos, de un orden superior interdependiente. La Persona es la polaridad del hombre que lo vincula con la completa trascendencia e inmanencia de Dios, ese Dios que está en todas partes y en ninguna, al que descubres en tu interior pero es completamente Otro porque está a infinita distancia de ti en la jerarquía del ser, ese Dios del que participas gracias a su inmanencia pero al que nunca poseerás debido a su trascendencia…

http://meditacionesdeldia.wordpress.com


sábado, 30 de marzo de 2013

HOY HE MUERTO Y HE CONOCIDO A MI ÁNGEL..(1)




El texto que sigue, fue escrito hace cinco años… Tenía que ser el primer capítulo de un libro que nunca terminé. Hoy lo he reencontrado, y lo publico sin corrección alguna. El inicio de un cambio, de una transformación personal que ya se intuía…. 

Puede que, cuando termine lo que tengo entre manos, continúe con esta obra inconclusa. ¿Os parece una buena idea? Dice así:



Hoy, sin previo aviso y contra todo pronóstico, he muerto. A mis 30 años, a un día de mi cumpleaños he conocido el rostro de la portadora de la guadaña. Nunca imaginé que viniera a visitarme tan pronto. Siempre supuse que mi corazón dejaría de latir en mi vejez, cómodamente acostado en la cama de mi casa, durmiendo junto a mi amadísima esposa, sin ruidos, sufrimientos ni espasmos. Con la vida de mis hijos encauzada, con mi familia aposentada, con una vida realizada, con el alma preparada… Estaba convencido de que la muerte era una amiga que venía a recogerte en tu mejor momento… Pero estaba equivocado…

Hoy –necesito repetirlo para tomar conciencia de ello- he muerto. Un estúpido despiste al volante me ha costado la vida. Estaba trabajando, como siempre y, también como siempre, iba más rápido de lo permitido porque llegaba tarde a una reunión. Sólo he quitado los ojos de la carretera un instante porque no encontraba el mechero para encenderme el cigarro que apretaba entre mis labios. Cuando he dado con él todo ha terminado. Puedo decir, por no perder el sentido del humor –algo tan humano y tan escaso al mismo tiempo- que el tabaco me ha matado. Un fuerte impacto, ruido de cristales rotos, golpes y magulladuras, dolor, mucho dolor, una humedad pastosa que debe proceder de mi propia sangre, un insufrible sonido –similar al de miles de abejas gigantes batiendo sus alas sin cesar junto a mis oídos-, la sensación de ser aspirado –que siento en mis entrañas y que estira de una parte de mí hacia fuera-, algo parecido a un nuevo parto, a cruzar el oscuro útero de mi madre para salir a no sé donde y, finalmente, silencio… Un tenebroso silencio que acentúa mi desconcierto.

Hasta este instante, jamás había conocido el silencio. Incluso cuando los ruidos se apagaban, incluso cuando escalé hasta la cima de aquella alta montaña, incluso cuando me senté a la orilla de la playa… Siempre hubo ruido, un ruido que, cuando no venía de mi alrededor, procedía de mi interior, de mis pensamientos, de mis preocupaciones, de mis proyectos… Un ruido que jamás me abandonó, que siempre estuvo junto a mí, distrayéndome, y que ahora comprendo que no me permitió quedarme ni un instante a solas conmigo mismo.

Ahora sí, ahora ya no hay más que silencio. Al cerrarse mis ojos, expirando mi último aliento de vida, he visto -por primera vez- mi auténtico rostro (tal vez para eso sirva el silencio). Ahora entiendo por qué algunos hombres, a los que yo consideraba fracasados porque no tenían mi estatus social, pese a carecer de todo lo que yo poseía tenían algo de lo que yo jamás he disfrutado: una sonrisa auténtica que les salía de dentro. La sonrisa que descubre la felicidad y satisfacción interior, la muestra de que uno sabe quién es y está satisfecho con su persona. Yo también he sonreído, es cierto, pero generalmente porque algo me parecía gracioso o porque necesitaba caer simpático. La mía siempre ha sido una sonrisa que viene de fuera o que se ofrece al otro, pero nunca he sonreído en la intimidad.

Y ahora, que me veo como soy, tampoco sonrío. Y si no lloro es porque carezco de lágrimas, porque la verdad se me muestra sin disfraces y resulta difícil soportarla: no soy mis proyectos, no soy lo que otros piensan de mí, no soy el éxito profesional que he logrado, no soy mis estudios, no soy mis promesas, no soy nada de lo que creía ser. El verdadero milagro es que soy. Así de sencillo, así de simple, así de cierto. Soy, no seré ni he sido. Soy, en presente. Y me duele comprender que en mi vida no he sido porque mi vista ha estado siempre puesta en el pasado y, aun más, en el futuro, en ese fruto de la imaginación que hoy sé que no será.

Cuando en mi juventud me presentaba ante alguien lo hacía como licenciado en derecho, abogado, directivo de una empresa, hombre casado y con cuatro hijos a los que mantengo –me corrijo, mantenía- con mi duro trabajo diario que ocupa todas las horas del día y algunas de la noche. Ahora me resulta ridículo pero, entonces, me creía que, con ello, mi interlocutor ya podía hacerse una idea de con quién estaba hablando. ¿De qué me sirve ahora todo eso? ¿De qué me sirve mi licenciatura? ¿Acaso podré ejercer la abogacía en el Hades? ¿Qué empresa voy a dirigir desde la tumba? ¿No dicen que uno está casado “hasta que la muerte nos separe”? ¿Qué voy a hacer ahora por mis hijos si ya no puedo trabajar para hacerles la vida más placentera? Ya no soy nada de lo que pensaba que me definía y, sin embargo, sigo siendo. Soy, si cabe, más que nunca. Así que debía estar equivocado, debía ser otra cosa.

Si exprimo mi memoria, recuerdo haber leído en algún sitio (en la época en la que todavía encontraba tiempo para leer, esto es, en mi época de estudiante) que el hombre es un ser, un animal, dotado de inteligencia y de una voluntad libre. Nunca di demasiada importancia a la dichosa frase pero empiezo a pensar que era más acertada que mi larga definición. Porque, si lo miramos fríamente, ¿qué soy ahora? Conciencia, un ser inmaterial abierto a cuanto lo rodea a través del conocimiento. Y no entiendo lo que me rodea. No comprendo el estado en el que me encuentro.

Tal vez, si hubiera dedicado más tiempo a meditar sobre quién soy, sobre qué soy, sobre qué era mi vida y a qué debía dedicarla, sobre de dónde vengo y a dónde voy, tal vez en ese caso no sentiría la inquietud y el desasosiego que me invade hasta producirme un malestar similar a la náusea.

En la soledad que me rodea, en medio del mundo pero ajeno a él, sin duda fuera del tiempo, mi pensamiento intuye verdades que jamás busqué. Ahora comprendo que la principal realidad soy yo mismo y que, el mundo, no era más que un espejismo. Él se esfuma, pasa, cambia, se destruye… Pero yo sigo aquí. El mundo podrá perdurar un tiempo –tal vez siglos o milenios- pero mi mundo ha desaparecido con mi muerte, mientras que yo sigo aquí. ¿Por qué entonces le he dedicado tanto tiempo a él y tan poco a mí mismo? ¿Cómo he podido tener las prioridades tan equivocadas y, además, sentirme satisfecho con mi empecinamiento?

Me viene a la mente una frase de un antiguo profesor que me dijo: “la vida es como un caballo salvaje: o la dominas, o te arrastrará”. Creía que había conseguido domarla, que mi vida era exitosa y ordenada, pero no he logrado el éxito personal sino el profesional, no he alcanzado la felicidad sino la satisfacción de las necesidades que yo mismo me he creado. Comencé a trabajar para tener una independencia económica respecto a mis padres; más tarde quise vivir en una zona mejor; después cambié de coche y debía pagarlo; mis hijos debían ir al mejor de los colegios; mi mujer debía llevar una ropa y unas joyas que mostraran al mundo lo bien que nos iban las cosas… Y todas y cada una de esas cosas implicaban pagos, letras a cubrir, dinero que debía lograr trabajando más horas porque, si no, no llegábamos a final de mes. Logré tener un gran sueldo, pero perdí algo sin precio: el tiempo libre, la espiritualidad y la tranquilidad. Así pues, esta claro que la vida me ha arrastrado.

Dicen que las experiencias son una fuente inagotable de conocimiento. No sé para qué me servirá ahora pero es cierto que, con la muerte, algo he aprendido sobre la vida: a valorar el silencio como camino hacia el Conocimiento.

Pero, ¿y ahora qué?, me pregunto.

- “Ahora toca despertar”, dice alguien a quien no veo, con un tono profundo, serio y dulce a un tiempo que parece surgir de mí mismo.

- ¿Quién eres tú, que sin verte siento tu voz como propia y ajena a la vez?, inquiero. No oigo mi voz, será porque carezco de cuerdas bucales, pero sé que –de algún modo- he formulado mi pregunta.

- Soy tu ángel custodio, el mediador, tu guía espiritual, tu musa, tu inspiración, tu Naturaleza Perfecta… Soy el intermediario entre la Divinidad y tu individualidad. El puente tendido entre el que eres y el que puedes llegar a ser… Puedes llamarme Svadharma.

De nuevo esa extraña y cálida voz (por llamarla de algún modo), dotada de autoridad, serenidad y cariño… Aunque siento el efecto balsámico que produce su proximidad, no estoy en situación de que me tranquilice alguien a quien no veo –aunque siento- por muy ángel de la guarda que diga que es.

- No creo que, en mi estado, pueda llegar a ser gran cosa… No sé si te has dado cuenta, pero creo que estoy muerto. ¿No podrías haberte mostrado antes? Tal vez entonces me hubieras servido de algo.

- Siempre he estado a tu lado, siempre te he susurrado al oído, siempre te he advertido, siempre te he aconsejado… Pero tú, no siempre me has escuchado.

No hay reproche en su voz, no es ofensivo, siento que dice la verdad y que se duele por mi actuación. Pero no por él, sino por mí. Pese a ello, no voy a dejarme doblegar tan fácilmente. Mi ego ataca con la mejor dialéctica de la que es capaz:

- ¿Que no siempre te he escuchado? ¡Si jamás te he oído!

- Cierto, pero la culpa no es mía. Eras tú el que eras incapaz de oír mi voz porque siempre huiste del silencio. ¿Acaso te asustaba lo que podías oír?

Ataque fallido, me desmorono, un flujo de amor y comprensión que ya no puedo seguir obviando me envuelve y desarma.

- No, no me asustaba. Lo que sucede es que no sabía que había algo que escuchar y, en cambio, siempre tenía cosas importantes en las que pensar.

- No te equivoques: tenías cosas urgentes en las que pensar, pero no cosas importantes-, replica.

- Ahora resulta que mi ángel de la guarda me ha salido filósofo ¿Puedes explicarme qué diferencia hay?

- Las cosas urgentes cobran importancia por la necesidad de atenderlas en un plazo breve de tiempo. Las cosas importantes, en cambio, lo son por sí mismas, son intemporales, trascendentes, divinas… Pero no te preocupes, voy a ayudarte a descubrirlas, vas a recuperar el tiempo perdido.

Sin duda, Svadharma me aprecia. Estoy convencido de ello, tengo una seguridad absoluta en que no me equivoco. Pero mucho me temo que me ha tocado un guía espiritual un poco limitado que todavía no se ha enterado de que ha llegado tarde. Así que intentaré aclarárselo:

- Pero, ¿de qué me va a servir todo lo que me expliques? Te lo repito, por si todavía no te has dado cuenta, estoy muerto.

- Sí, dices que estás muerto… Pero sigues siendo… ¿o no? Eres, como reflexionabas hace un rato, conciencia, inteligencia y voluntad. Y voy a revelarte el primero de los secretos que iremos desvelando juntos: UNO ES AQUELLO QUE CONOCE, AQUELLO QUE AMA. Así que, todo lo que aprendas conmigo incrementará tu ser, tu conciencia, tu entidad. Y, sólo por aclarártelo, no voy a darte una explicación, una clase o una conferencia. Mi idea de la enseñanza consiste en acompañar al discípulo a través de un largo viaje en el que sea él mismo quien adquiera los conocimientos por experiencia propia. Lo demás es un fraude, mera erudición.

Ya no hay duda, me ha tocado un protector que se cree filósofo. No hay nada que hacer, habrá que seguirle la corriente.

- Vale, perfecto. ¿Y me puedes explicar, oh tú, mi fantástico y sabio ángel a dónde vamos a ir en este lugar donde parece que no existe ni el espacio ni el tiempo? ¿Acaso no has caído en la cuenta de que no hay a dónde ir?

No he podido evitar la ironía. De veras que no la empleo con intención de herirle, pero la situación me supera, esperaba que el encuentro con la muerte sería otra cosa… Por su respuesta, parece que no ha hecho caso de mi tono sardónico. Con una seguridad que me ha sorprendido (y en la que me ha parecido descubrir, o sentir, una media sonrisa) me ha espetado lo siguiente:

- Vamos a viajar por tu vida, y te aseguro que será un viaje que no olvidarás jamás.

http://meditacionesdeldia.wordpress.com